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España y Catalunya, un hervidero para el derechismo español

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Asidero.
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La ultraderecha española se encuentra desubicada y vive un fascismo que repercute en su misma esencia, dañando territorios geográficos como Catalunya
Los ultraderechistas se han manifestado con sus banderas franquistas y sus saludos romanos junto a miles y miles de demócratas que, en ningún momento, les han afeado su conducta. Una multitud ha aclamado en Zaragoza al orador que pasaba por allí y que no era otro que el líder de la Falange. Este partido fascista ha recibido las felicitaciones y la gratitud de varios cargos públicos del PP, entre ellos la alcaldesa popular de Archena. En Valencia y otras ciudades, a multitud de ciudadanos de a pie no les importó unirse a chavales con la cabeza rapada para insultar y agredir a quienes reclamaban que se abriera la vía del diálogo con la Generalitat. En definitiva, la legítima defensa del orden constitucional frente a los independentistas derivó demasiadas veces en discursos, actitudes y actos que recordaban a épocas pretéritas y que han impregnado incluso a parte de la Policía y de la Guardia Civil. Sin duda el símbolo de todos estos acontecimientos lo encontramos en, nada menos, que un delegado del Gobierno al que se le puso voz de Generalísimo cuando declaró que los secesionistas «han despertado al toro español». Gobierno, Generalísimo y toro español… está todo dicho.
En cualquier caso, no le faltaba parte de razón al señor Delegado, aunque para ser más precisos deberíamos decir que el toro siempre ha estado despierto como lo ha estado desde 1945 en Francia o en Alemania. La diferencia es que, en aquellos países, aunque engorda, permanece acorralado por el resto de los animales políticos. La derecha de Angela Merkel y de Macron, como antes la de Helmut Kohl o Jacques Chirac, se reconoce y declara abiertamente antifascista. En ambos países, como ocurre también en otras naciones europeas, todas las formaciones políticas tejen un cordón sanitario que aísla a los representantes políticos de las formaciones ultras y les impide acceder al poder e influir en la política que desarrollan las diferentes instituciones.
Yo prefiero esa fórmula en la que los votos de los ultraderechistas no se suman a los de los conservadores moderados y democráticos. Yo prefiero dirigentes como Angela Merkel que, en lugar de caer en la xenofobia o la ambigüedad para mantener unos cientos de miles de votos, se dedican a hacer pedagogía sobre la llegada de refugiados. Yo prefiero una derecha como la francesa que ve en el Frente Nacional la mayor amenaza para la supervivencia de la República y de la democracia. ¿Podemos aspirar a ello?
La decisión del PNV de no apoyar las enmiendas a la totalidad del presupuesto para 2018 es el gran argumento que sostiene la idea de que el proceso político ha frenado su marcha hacia el desastre. Y quienes creen que eso es lo que ha ocurrido pronostican que Rajoy seguirá cuando menos un año más en el poder. Hasta las elecciones municipales y regionales de mayo de 2019. Y seguramente poco más, añaden. Porque el PP no podrá aprobar un nuevo presupuesto y tendrá que adelantar las generales.
Y nadie, por muchas ganas que tenga de que la situación no se vaya de las manos, puede pronosticar con seguridad qué es lo que va a ocurrir en cada uno de ellos. La lista es la siguiente: la posición del PNV, la crisis catalana, la peripecia interna del PP y la dinámica de movilización social, ahora protagonizada por la protesta feminista y la de los jueces, sin que se pueda descartar del todo que los pensionistas vuelvan a la carga.
Da la impresión de que su electorado comprendería esa actitud. En la conciencia de la mayoría de sus ciudadanos, y también en la práctica política general, Euskadi es ya un país independiente de hecho y allí las relaciones con el poder político español se ven como las que se tienen con una potencia extranjera. Si se le saca algo a favor, bienvenido sea.
. Catalunya lleva un tiempo alejada del foco político y de los medios españoles. Sobre todo, porque la querella interna del independentismo no aporta ninguna luz nueva y porque lo que vaya a ocurrir depende de esos partidos, que ganaron las elecciones de hace meses y volverían a ganar unas nuevas si éstas tuvieran que convocarse. El gobierno central carece de iniciativa alguna al respecto. Y hasta su decisión de dejar el asunto en manos de los tribunales está haciendo aguas en estos momentos. Porque el enfrentamiento entre Rajoy y Montoro y el juez Llarena en torno a si hubo o no delito de malversación sólo puede terminar con la victoria de una de las partes.
No se puede pronosticar en qué va a terminar todo eso. En cuanta capacidad de control interno tiene aún Rajoy y cuánto pueda ésta irse deteriorando a medida que la derrota electoral se acerque. Pero sí puede atisbarse que en esas condiciones el líder del PP tiene cada vez menos margen de maniobra para tomar iniciativas importantes, particularmente en lo que se refiere a Catalunya. Entre otras cosas, porque Ciudadanos está ahí, esperando con la guadaña a que su rival cometa el mínimo desliz en esa materia.
Y, por último, las movilizaciones. Más allá de que entre los jueces y las feministas vayan a acabar con el ministro Rafael Catalá, y de que esa institución haya entrado en una crisis gravísima, parece innegable que, por primera vez en mucho tiempo, la protesta popular ha adquirido carta de naturaleza como actor de la escena política. Y nada indica que vaya a dejar de serlo. Rajoy tiene ahí una nueva dificultad para seguir tirando. Y no es pequeña.
Como remate se podría hablar de la economía. Que puede que dentro de unos meses no vaya tan bien como dice el gobierno y la realidad confirma en unos cuantos extremos. Pero sería especular demasiado. Aunque leyendo lo que dicen algunos de los gurús de la prensa económica extranjera y no pocas instituciones importantes, el panorama económico internacional se puede oscurecer en no mucho tiempo.
Podríamos decir que uno de los efectos colaterales del aumento de la tensión política al calor de los acontecimientos en Cataluña, ha sido el incremento de la actividad pública de la extrema derecha española en el marco de las concentraciones por la “unidad de España”. Un aumento de la actividad de la derecha radical que no parece que vaya a aminorar en las próximas semanas, sino todo lo contrario. Esta situación ha vuelto a situar el foco en una pregunta recurrente desde hace tiempo: ¿Por qué no existe un partido de extrema derecha en España con representación parlamentaria como sí sucede en el resto de Europa? Y más recientemente, ¿puede, al amparo de los acontecimientos en Cataluña, surgir un partido de extrema derecha con audiencia electoral?
A principios de la década de los setenta, la gran mayoría de los europeos pensaba que el renacimiento de las organizaciones fascistas se articularía en torno a los restos de las dictaduras mediterráneas (Portugal, Grecia y el Estado español). El tiempo ha demostrado lo contrario, salvo el caso particular de Grecia, que en los últimos años ha visto como Alerta Ortodoxa Popular (LAOS), y Amanecer Dorado después, han conseguido una importante representación parlamentaria. Tanto en Portugal como en el Estado español, las opciones partidarias vinculadas al espectro de la ultraderecha han cosechado tradicionalmente los peores resultados electorales del continente.
Esta situación no debe de inducirnos a menospreciar la influencia social, la permeabilidad y constancia del discurso, así como la capacidad de movilización de la ultraderecha en sentido “amplio” en el Estado español. Durante la Transición su presencia en la calle fue muy notable, como muestra la celebración del 20-N de 1980 al que acudieron 350.000 personas, según fuentes policiales, y más de un millón según los convocantes; en ese mismo año Fuerza Nueva (FN) contaba entre cuarenta mil y cincuenta mil afiliados. En 1982 la ultraderecha representada por FN perdía el único escaño que ha conseguido hasta el momento en el congreso, iniciando una travesía por el desierto extraparlamentario que dura hasta nuestros días.
Los fracasos electorales que han acompañado hasta la fecha a la ultraderecha española no nos deben de confundir sobre su potencialidad. Como indica Ferrán Gallego, el fracaso electoral de la ultraderecha “no significa, desde luego, que los valores propios de la extrema derecha no se encuentren en zonas diversas de nuestro arco institucional, ni que una base electoral que en otros países da cuerpo a esas formaciones no haya tomado caminos distintos en nuestro país”. De hecho, esta situación ha enmascarado una realidad que permanece soterrada en nuestra sociedad, la permanencia de un franquismo sociológico neoconservador y xenófobo que, sin expresión política dentro de los parámetros estrictos de la extrema derecha, se diluye en el interior de un Partido Popular “acogedor”.
De esta forma, en diferentes estudios comparados sobre el resurgimiento de la extrema derecha en el ámbito europeo se reconoce que la especificidad española está relacionada entre otros motivos con el tipo de partido mayoritario de derechas que se ha conformado en España.
Pero si bien podemos afirmar que el PP ha conseguido eclipsar el espectro electoral de la extrema derecha, en cambio en la calle ha sido muchas veces al contrario, la derecha radical le ha marcado el paso a la dirección popular. Este fue el caso del ciclo de movilización extraparlamentaria de un amplio y plural bloque social, político y cultural de derechas con miles de personas en la calle durante la primera legislatura del gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. Un ciclo político de movilizaciones de la derecha radical que se saldó con la mayoría absoluta del primer gobierno de Mariano Rajoy y una derecha radical que se mantuvo extraparlamentaria a pesar del aumento de las desafecciones de una parte del núcleo duro del PP con la dirección de Rajoy.

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